LA LOTERÍA

Don Trifón Expósito tuvo un día un sueño. Esto no es inhabitual ni tan siquiera en el caso de don Trifón Exposito, pero ¡vaya si lo tuvo!. Un sueño como Dios manda. El sueño de don Trifón se construyó como las novelas antiguas: con su presentación, su nudo y su desenlace. El sueño de don Trifón también tenía presentación, nudo y desenlace y comenzaba junto al mostrador de doña Manolita, la lotera, culminando con el premio gordo de la lotería de Navidad. Entre la presentación y el desenlace se produjo el nudo que ¡ay!, fue lo que determinó que don Trifón no volviera a dormir en veinticinco años en la oquedad de su vetusto colchón de lana.
El caso es que don Trifón se recetó para cenar una sopa de fideo, con gallina, huevo duro y zanahoria y un par de docenas de alitas de pollo fritas y, claro, una vez encamado comenzó la operación de centrifugado que duró hasta altas horas de la noche. Llegando las primeras luces del alba, don Trifón durmió a la pata la llana hasta las diez de la mañana en que se levantó dando voces como un hotentote.
¡Germana!. ¡Germana!. Corre y ven con lápiz y papel. Rápido.
¿Va el señorito a testar?
¡Qué testamento ni qué niño muerto!. Toma nota. Rápido. Trece mil ciento ochenta y tres. Vamos, escribe.
¿En letra o en número?
Escribe y calla, insensata.
Ya va. ¡Qué genio!. Esto le pasa por zampabollos. Esta noche sopa de verduras y nada de vino.
Calla y toma nota.
Aquí tiene, ¡hombre!.
¿Cuando dinero nos queda en casa, Germana?
¿Dinero, dice?. Contando lo del Monte… hasta el jueves. El viernes y el sábado Dios proveerá.
Calla, que ya estoy haciendo planes para salir de pobres.
¡Ay, madre!. A este hombre se le han reblandecido los sesos. Si va a ser de tanto comer.
¡Dame todo lo que tengas!. Rápido.
Pero don Trifón, que tengo que bajar a la plaza.
Pues bajas y das vueltas hasta que te marees. Contestó mientras salía a medio vestir escaleras abajo.
De camino paró en la Caja de Ahorros para empeñar el sello de oro y la esclavina. Añadió el pisacorbatas para completar el lote.
Por estas fruslerías no puedo darle más de dos mil duros.
¡Pero si son de oro alemán!. Compradas en Hamburgo y traídas desde Johanesburgo, allá en Sudáfrica.
Ya lo sé, don Trifón. Pero el viaje no va incluido en la valoración.
¡Venga el dinero!, usurero.
¡Ay!, este hombre. ¿Que negocio se le ha ocurrido hoy?
He soñado el número que va a salir pasado mañana en la lotería de Navidad. Voy corriendo a ver si lo puedo localizar en doña Manolita, que allí tienen todos los números.
¿Pero está usted seguro?
¡Vamos que si estoy seguro!. Si usted quiere aporte una cantidad y yo le hago el recibo. Le hago este favor porque siempre me ha tasado bien, aunque comprenda que yo le tenga que llamar usurero…
No si lo entiendo, don Trifón. Tendría usted que oír lo que me dicen los demás depositarios.
Ya, ya. Me lo imagino. Bueno ¿que me dice? ¿Quiere usted jugar unas pesetas?.
¡Claro. No he de querer!. Si a usted no le parece mal podría decírselo también a los compañeros. Aquí no nos pagan bien y, ya sabe usted, todos tienen familia y nos vendría de perillas unos duros extra.
Vaya. Vaya y dígaselo. Usted me trae la cantidad y los nombres de los jugadores que yo les traeré mañana las papeletas de las participaciones.
Una vez juntadas las cantidades, don Trifón marchó en busca de su número que, pese a llevarlo apuntado, repetía en voz baja como si se tratase del secreto de la cábala. Trece mil ciento ochenta y tres. Trece mil ciento ochenta y tres.
Como quiera que a los hombres, por muy recto que sea su proceder, siempre ha de morderles el alacrán de la envidia y la maldad, se le ocurrió una idea que, maldita la hora en que hizo caso. Si compro todo el dinero en ese número, como ya sé cuál es el que va a salir, les puedo dar las participaciones en otro número y así me quedo yo todo el premio.
¿Y si te equivocas?, le decía su conciencia.
¡Calla, burra!, le gritaba el diablo que se apoderó de él. ¡Como se va a equivocar si sabe el número!. Trece mil ciento ochenta y tres, volvió a repetir para sí mismo.
Dicho y hecho. Compró las quince mil cuatrocientas once pesetas del empeño de sus joyas y del resto de aportaciones en el número trece mil ciento ochenta y tres y se dirigió a casa aferrado a los décimos que guardaba, como un usurero, en el interior de su bolsillo.
¡Germana!, trae la pluma, el tintero y el cuaderno de dos rayas.
Va. Ahora se lo llevo que estoy desescamando un chicharro que me ha dejado Manolo, el pescatero, a fiar.
Lávate las manos antes. No vayas a dejar olor a pescado en el cuaderno.
¡Pues, hombre!, ni que una fuera una guarra, se quejó en voz queda la Germana.
Ahí tiene. En qué lío se estará metiendo otra vez.
Calle y sigue con el chicharro.
Cuando Germana se hubo marchado, don Trifón comenzó a rellenar las participaciones, una por hoja, con una caligrafía cuidada y bien guiada por entre los dos renglones del cuaderno.
“El portador de la presente juega la cantidad de”: aquí tuvo que consultar para anotar la cantidad de cada uno de los empleados de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad. Fecha y firma. Terminado.
Seguidamente procedió a inventar un número. ¿Qué número le pongo yo a estos?. Uno que sea bonito. Además, ¡para lo que les va a tocar!, dijo con un toque de picardía. Pues voy a poner el mismo que el premiado pero del revés. Así no se me olvida si me preguntan. A ver trece mil ciento ochenta y tres. Luego será tres, ocho, uno, tres, uno. Justo. Ahí va. Treinta y ocho mil ciento treinta y uno.
Tras cenarse el chicharro al horno, con su poquito de limón incrustado en una rajas que Germana hizo en los lomos y un poco de pan rallado y las consabidas patatas panaderas se despidió de la fámula deseándole buenas noches. Pasó toda la noche en vela, unas veces pensando en cómo gastar la fortuna y otras con la conciencia reclamándole por su indigna acción. Sin pegar ojo dieron las ocho de la mañana y se levantó para asearse y salir a la Caja a entregar las participaciones.
¿Qué?, don Trifón. ¿Encontró el número?
No he de encontrarlo. En doña Manolita, ya le dije, tienen todos los números. Debería usted haber visto la cara con que me miró la dependienta. Yo creo que, de haber tenido dinero, ella misma hubiera elegido el mío, de seguro que me vio al pedirlo.
¿Y que número es?
El treinta y ocho mil ciento treinta y uno. Aquí tiene usted las participaciones de todos los empleados.
A ver, chicos, gritó el bancario. Ya están aquí las participaciones.
Gracias, don Trifón, por compartir con nosotros el premio.
No hay por qué darlas. ¿No les parece?. En otro momento, si alguno de ustedes tienen el sueño en otro sorteo se acordarán de mí ¿verdad?
¡Claro que sí, don Trifón!. Naturalmente.
Bueno, pues hasta mañana. Yo vendré nada más salir el gordo para que ustedes me lo guarden. Darán algún regalito por el ingreso ¿No?. ¡Qué sé yo!, un juego de sartenes, o una de esas tostadoras eléctricas que anuncian en la radio.
Eso es cosa de don Melquiades, el interventor. Luego, si usted quiere, se lo preguntamos.
Nada. No se preocupen. Mañana se lo preguntamos. Además… con lo que nos va a tocar, igual no nos hace falta regalo alguno ¿verdad?
¡Y tanto, don Trifón!.
Pues hasta mañana a todos.
Adiós, don Trifón. Hasta mañana.
El día veintidós amaneció como todos los días de la lotería. El frío se pegaba a la piel y una humedad proveniente de los montones de nieve de las aceras se colaba por entre los finos cristales de la ventana. Desde la cocina ya se oía la letanía de los niños de san Ildefonso: “ciento-cincuenta-millllllll peseeeeetas”. Una y otra vez escuchaba la cantinela. De un brinco se levantó de la cama y se vistió el albornoz sobre el pijama de rayas rojo y blanco. Mientras se acercaba a la cocina le llegó el aroma del tazón de leche con malta que Germana le tenía preparado.
¿Ha salido ya?
¿Y donde he de ir yo a esta horas?
No digo tú, mema. Digo el gordo. ¿Que si ha salido ya el premio gordo?
No. Aún no. Sólo uno de los terceros.
Mientras tomaba sus sopas con leche un batiburrilo conocido irrumpió en la emisora.
Treinta y ocho mil ciento treeeeeeinta y unoooooo. Ciento veinticinco millones deeeeee peseeeeetas.
¿Qué?, despertó como de un mal sueño.
Ahí lo tiene, dijo Germana. El gordo. ¡Cuánto ha madrugado!
Calla. Calla. A ver qué numero ha dicho.
El notario repitió el número con voz clara y potente.
Treinta y ocho mil ciento treinta y uno. Ciento veinticinco millones de pesetas.
La cuchara cayó de su mano y los ojos se le quedaron en blanco. De forma maquinal extrajo los décimos del bolsillo del albornoz y comprobó que era su número, pero exactamente al revés. Tal y como había rellenado en las participaciones.
Pero no puede ser, repetía una vez tras otra.
¿Qué ocurre?, le dijo Germana asustada por el rictus ceniciento de don Trifón.
Que ha salido el número que soñé yo, pero al revés, repitió por dos veces don Trifón.
Ya se lo dijo yo, dijo Germana. Eso es por comer tanto. El otro día, cuando las alitas de pollo, no podía dormir y amaneció usted con la cabeza en el piecero. Así, el número que soñó no es el que usted creía, sino al revés.
¿Pero qué dice esta loca?, se repetía para sí mismo. Pero ¿qué dice?
Mientras Germana le repetía el porqué de tener los números dados la vuelta se escucharon llamadas en la puerta con gran algarabía.
Don Trifón, don Trifón, que nos ha tocado. Tal como usted soñó. Le decían los empleados de la Caja que habían abandonado sus puestos de trabajo.
Tan solo dos horas después, la guardia urbana conducía a don Trifón esposado al calabozo municipal. No le dejaron ni cambiarse de ropa y fue trasladado con su albornoz y los pantalones de rayas rojas y blancas del pijama. Mientras, en el rellano de la puerta, Germana hipaba sus lágrimas amargas.
¡Mira que se lo decía!. El cenar tanto no es bueno. Un día le ha de traer tonterías. Ahí lo tienen. Eso por cenarse una docena de alitas y la sopa. Eso y dos vasos de vino. ¡Ay, Señor!. Lo que tiene cenar de más.

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